viernes, 2 de noviembre de 2012

La generación ye-ye y la música en la España de los 60

Mi generación pertenece al movimiento ye-ye en su escala más joven, y como tal lo vivimos como muy nuestro. Una transición que no llegó a ser tal sino una revolución en toda regla. Un cambio espectacular en la cultura musical y en muchos otros aspectos. El término ye-ye es mucho más que un estribillo de las canciones pop de los años 60; es un concepto, es el significado más profundo de toda una cultura pop: un estilo de vida, una forma de ser y de vestir, una actitud y un comportamiento ante los cambios sociales y, sobre todo, una parte muy importante de la música de una década prodigiosa. La mejor sin duda hasta la fecha.
La España de inicios de los 60 estaba algo aislada de las revoluciones que se producían en el resto del mundo (guerra de Vietnam, revolución social de los negros, la minifalda, la cultura pop…). La música que se escuchaba era la clásica de coplas, boleros, orquesta, canciones románticas y poco más. Pero de pronto, en especial en el período 1964-68, la economía se desarrolla con fuerza y surge una clase media con mayor poder adquisitivo. Se empieza a consumir ocio, moda, música… Se ponen de moda los tocadiscos, los LP’s, el Seat 600, las minifaldas… 

España poco a poco se abre al turismo, nuevos estilos de vida se mezclan con nuestra cultura, y todo ello contribuye a abrir una brecha en las tradiciones más conservadoras de la sociedad que provoca el despertar de los jóvenes al son de la música que venía de fuera. Unos jóvenes que se reúnen en los conocidos guateques, fiestas en casa de las familias, y más tarde en pequeños clubs donde bailan con despreocupación y prima la diversión. Una música que se llamó “moderna”, “ye-ye”, o “música pop”, su expresión más aceptada.




Clásico local ye-ye situado en los bajos de un edificio

La generación ye-ye no solo se define por un tipo de música o una forma particular en el vestir, sino también por un sentimiento de ruptura con generaciones anteriores y su entorno. Aunque el movimiento ye-ye contagiaba a toda Europa, en España, tuvo sus elementos diferenciadores: a nivel musical (se internacionaliza), y a nivel social (se manifiesta en una nueva norma de conducta); no era un movimiento radical pero estaba un poco al margen de la estructura establecida. Además de los guateques “controlados” por las familias, empiezan a proliferar, locales o clubs de reunión con una característica común: su entrada es la una cafetería normal, pero si se observa con atención una puerta en el fondo del local nos conduce por una estrecha escalera de bajada hasta una sala no muy grande, con luces rojas en las paredes, no muchas, donde parejas muy jóvenes bailaban a todo trapo. En ese sótano se encontraba parte de una generación que rechazaba las normas de una sociedad que, sin ir más lejos, se podían contemplar solo con subir al primer piso y echar una ojeada a las mesas o alrededor de la barra ¿Qué hacían los muchachos en el sótano? Pues… solo bailar, y… también abrazarse. ¡¡Ahí empezaba el mundo ye-ye!!.

Los jóvenes de esa nueva generación se distinguían por dos signos externos: la música y los atuendos. La música era el catalizador, su forma de evasión y comunicación, la expresión de sus inquietudes y preocupaciones. No son golfos, ni pícaros, ni gamberros. O quizás sí. O tal vez no. Pero si hay un hecho: cada vez surgen más clubs de este tipo. No son clubs regidos con estilo empresarial. No. Son reuniones de jóvenes al reclamo de la música. Clubs más modestos, incluso propios, de menor empaque, pero de mucho mayor carácter. Un garaje, un trastero, cualquier lugar era bueno. Tenían un cierto parecido con los guateques, pero sin el control paternal les daba un aire de mayor libertad. 

A su manera, los jóvenes afirmaban una personalidad, al tiempo que se alejaban de otra que sentían como impuesta. También en sus signos externos. Los chicos se dejan crecer el pelo por encima de las orejas; se preocupan, más que las chicas, en la forma de vestir y, contra lo que pudiera parecer, la mayoría prefieren la pulcritud y la discreción, lo que no excluye la audacia en sus diseños. Las chicas, a la vuelta de la esquina, lejos de la mirada familiar, cambian sus faldas por minifaldas y se convierten así en objeto de deseo. La realidad es que ¡¡por primera vez, los jóvenes dejan de vestirse como sus padres!! Lo que nadie podía imaginar, como se pudo demostrar más tarde, es que con el tiempo…: ¡¡los padres acabaron vistiéndose como sus hijos!!


The Beatles durante un concierto celebrado en 1964 en el Washington Coliseum

El movimiento ye-ye, de alguna manera, permite seguir los cambios que se produjeron en España hasta principios de los 70. Sin duda en aquel momento una revolución se puso en marcha. Al tiempo que emergen las inquietudes sociales, la juventud vislumbra un cambio generacional, que cobra su máxima fuerza quizás en 1965 con la aparición de nuevos grupos musicales y la apertura de clubs y locales ye-ye. Un año en el que el “sonido Beatles” ejerció una influencia extraordinaria con alguna de sus canciones ocupando casi siempre el primer lugar del Hit Parade Nacional. 

Pero no solo The Beatles, también otros importantes conjuntos británicos, como The Rolling Stones, The Searchers, The Kinks o The Shadows. Eran la punta de lanza de la nueva música moderna. Hubo quien pretendió, sin conseguirlo, reprobar este movimiento amparándose en normas “cívicas” de dudosa validez: que si se producían manifestaciones de histerismo colectivo, que si la juventud se descontrolaba, que si… Todo esto, que era cierto, no era más que una circunstancia, una forma de adjetivar al nuevo fenómeno musical. Considerar una secuela como lo más importante y negar la principal evidencia es un contrasentido. De cualquier manera, es fácil comprender por que la juventud, que tenía ya la posibilidad de adquirir discos y estar al día de los “hits” allende nuestras fronteras, difícilmente podía seguir con las antiguas tendencias musicales.

La revolución iniciada por The Beatles hizo que los grupos españoles se decantaran rápidamente por el pop británico y contribuyó a una gran explosión de nuevos conjuntos. Su llegada a España en 1965 fue todo un acontecimiento. Su primera y única vez. Sus dos únicos conciertos, celebrados en las plazas de toros de Madrid y Barcelona, estuvieron rodeados de un ambiente enrarecido, de reacciones de sectores conservadores y puritanos que criticaban su aspecto, sus canciones, hasta las costumbres de aquellos… “bárbaros melenudos”. Pero se  convirtieron en los ídolos de la gente joven, imponiendo un nuevo look y una nueva forma de hacer música. Sorprende el auge que en poco tiempo alcanzaron los “combos”, pequeños conjuntos formados por cuatro o cinco instrumentistas, que a imitación de sus colegas británicos empiezan a surgir de la nada. Por toda la geografía española, no había ciudad o pueblo que no tuviera el suyo propio. Crearon un clima propicio, del que salieron nombres tan conocidos como Los Pekenikes, Los Brincos, Los Bravos, Los Sonor, Los Mustang o Los Tonys, solo por citar algunos.


Los Brincos en uno de sus primeros conciertos

Los Pekenikes y Los Sonor, los más veteranos, son los que inician la progresiva españolización de los temas musicales. Los Pekenikes, quizás el mejor conjunto en calidad musical, con sus arreglos de temas populares como “Los cuatro muleros” enseguida alcanzan los primeros puestos del Hit Parade. Sin embargo, Los Sonor se apartan en cierta medida de las corrientes externas, siendo su rasgo más característico la incorporación de la batería como un instrumento melódico más de apoyo y no solo de mero acompañamiento.

Los Brincos causaron un enorme impacto con su canción “Flamenco”, en la que mezclan ritmos folklóricos españoles con el más puro estilo pop británico. Fue un éxito arrollador. Comenzaron cantando en inglés versiones de éxitos extranjeros, pero pronto impusieron sus propio temas. Por primera vez, un conjunto español era reconocido a nivel internacional. Su rasgo más característico: la calidad vocal y un gran sentido de la melodía pop. Se les llamó “Los Beatles españoles”. Fueron sin duda la gran fuerza pop del país.

Los Bravos cultivaron más el estilo rock. Gracias a su canción “Black is black”, la buena pronunciación del inglés de su cantante, junto a su presencia escénica, una de sus bazas para “exportar”, quizás fueron el grupo de mayor repercusión internacional. En cuanto a Los Mustang, grandes intérpretes, los mejores, de los éxitos extranjeros, nunca se distinguieron por crear sus propios temas. Lo mismo les pasó a Los Tonys. Eso sí, sus versiones de los éxitos del momento siempre eran impecables.

A la mayoría de estos conjuntos, con una calidad técnica apreciable, les faltaba lo más importante para ser completos: capacidad creativa. Y en esa línea llevaban ventaja Los Brincos, autores de sus canciones, incluso de aquellas editadas en inglés, lo que nunca fue obstáculo para ser aceptadas por el público. La fórmula causó gran impacto, pero no quisieron abusar de ella porque sus pretensiones eran lograr un “sonido Brincos”. En esa carrera competitiva entre los conjuntos españoles, fueron los primeros en lograr un sonido propio.


La juventud y las motocicletas, una nueva norma de conducta de los 60

Hemos hecho referencia a la gran influencia del pop británico en nuestra tradición musical, sin embargo el fenómeno de la música ye-ye parece que tuvo sus orígenes en el programa de radio francés “Salut les copains”. Una de sus secciones, “Le Chouchou de la Semaine”, en la que se elegía el “chouchou” o favorito de la semana, fue el punto de partida de muchos cantantes populares. Era un programa de gran éxito entre el público quinceañero: la generación ye-ye, que se identifica con los “teenagers” ingleses, y a los que a falta de otro término más apropiado para designar a los jóvenes de 13 a 19 años, en un principio se les llamó adolescentes. Un programa que se convirtió en la plataforma de cantantes y grupos que muy pronto acaparan las listas de éxitos de la música francesa. A menudo en los primeros puestos aparecían Françoise Hardy (“Tous les garçons et les filles”), Johnny Hallyday, Claude François, Sylvie Vartan (“Si yo canto”), Sheila o France Gall (“Poupée de cire, poupée de son”). Petula Clark y The Beatles eran entre los extranjeros los reyes de la canción del momento. 


                   Sylvie Vartan, con The Beatles, antes de una actuación en el teatro Olimpia de París en 1964

En un principio, el movimiento ye-ye lo representaban chicas jóvenes que interpretaban “chouchous” de manera desenfadada. Bajo la guía de un productor musical, la mayoría hablaban de temas de amor y desamor con pequeñas dosis de sexualidad. El proceso era sencillo. Las casas discográficas, al darse cuenta de que muchos jóvenes tenían dinero suficiente para gastarse en discos, elegían canciones del gran repertorio disponible del rock and roll y el rithm&blues de Estados Unidos; luego, hacían buenas versiones con músicos de estudio y al final seleccionaban a una chica (o un chico) atractiva para su interpretación. 

También en Inglaterra y otras partes del mundo se apuntaron a la moda de las versiones, pero en Francia fue algo distinto. Le pusieron el nombre de música ye-ye por ser el sonido de acompañamiento que los coros hacían a la cantante solista. Ocurrió de forma casual al traducir la letra de las canciones originales y sustituir el término yeah-yeah inglés: no era raro escuchar a los coros entonar junto al cantante de turno la famosa coletilla del “ye-ye-ye”. Música pop sin duda pero a la que el toque “ye-ye” hizo algo distinta. Fue el primer movimiento musical encabezado en gran medida por chicas. Las jóvenes se veían reflejadas por primera vez en sus ídolos, adolescentes como ellas, y las letras de sus canciones les hablaban de temas bien conocidos.

Cuesta un poco imaginar la música ye-ye en la España que tanto se escandalizó con la visita de The Beatles y donde cualquier novedad levantaba miradas de sospecha. Se decía que en su concierto en Madrid en 1965, muchas chicas fueron amonestadas por la policía por “vestir provocativamente”. Una música que trajo consigo una forma de vestir que se concretó en el atuendo femenino de los pantalones y la minifalda. Su mejor representante, Karina, procedía del famoso espacio de TVE “Escala en Hi-fi” de gran audiencia entre los jóvenes. Un programa, dedicado al mundo del disco, donde jóvenes actores simulaban en play back los éxitos del momento. Rubia, al igual que la francesa Sylvie Vartan, de ojos azules, inofensiva mirada, y un cierto aire de niña, era la encarnación perfecta de la chica ye-ye. Sus letras inocentes, sus temas almibarados como “Las flechas del amor”, “Romeo y Julieta” o “El baúl de los recuerdos”, se bailaron en todo el país. Otras cantantes destacadas de este movimiento fueron Marisol, Jeanette, Gelu o Conchita (ahora Concha) Velasco. Esta última se convirtió en “involuntaria” abanderada de lo ye-ye. Actriz, y no cantante, su canción “La chica ye-ye”, que interpretaba en la película “Historias de la televisión”, un tanto empalagosa, fue en cierta manera símbolo de los cambios sociales que se estaban produciendo. Aunque ahora pueda parecer una canción remilgada, proponía un nuevo modelo de mujer joven, al tiempo que reclamaba una mayor libertad y una forma de vida menos encorsetada. Como decía en alguna de sus estrofas: “Con el pelo alborotado y las medias de color” o “Y vendrás como siempre a suplicarme que sea tu chica, tu chica ye-ye”.

El ye-ye masculino estuvo muy bien representado por conjuntos como Los Brincos, El Dúo Dinámico, Los Diablos o Fórmula V. Otros muchos marcaron, no solo en lo ye-ye, toda una época en la música pop española de los 60 como: Los Bravos, Los Sirex, Lone Star, Los Salvajes, Pop-Tops, Los Ángeles, Los Pasos, Los Iberos, Los Mustang, Los Payos, Los Canarios, Nuestro Pequeño Mundo, Los Módulos,…. O solistas como Massiel, Raphael, Bruno Lomas, Luis Aguilé, Joan Manuel Serrat, Manolo Díaz, Mari Trini o, Juan Pardo.


Público juvenil que se levanta, aplaude, baila,.. durante la actuación de sus ídolos en un concierto

El movimiento ye-ye en el fondo cambió hábitos que supusieron una ruptura. El turismo trajo nuevas costumbres y formas de vida, mayor información de lo que pasaba fuera, y el imparable cambio social que se estaba produciendo en Europa consiguió penetrar en nuestro país. No duró muchos años, quizás el período 1964-68 fue el más importante. Su rápida expansión hizo de la música un cauce de expresión, creando como en los demás países occidentales una nueva identidad “joven” frente a la sociedad adulta. Como todo, fue una moda con una fecha de caducidad. Luego, vino la moda hippie con una nueva estética y una ideología más contestataria e inconformista. Pero eso es otra historia.

El ye-ye fue parte de un nuevo mundo moderno y juvenil, con un elemento aglutinador: la música pop. La inocencia de lo ye-ye se quedó para siempre en aquella década eternamente joven, en aquellas chicas que cantaban al amor como si no hubiese nada más importante en el mundo. Sin duda The Beatles fueron el banderín de enganche. Se demostró que otro camino era posible para la música popular. ¡¡La música española se hizo, para siempre,… moderna!!


domingo, 3 de junio de 2012

Universidad Laboral Córdoba: estudios, profesores y otras cosas


Son recuerdos que salen con el espíritu de las buenas sensaciones. Añoranzas de compañeros, profesores y padres dominicos con los que compartíamos objetivos individuales ambiciosos que alcanzamos a fuerza de hacerlos comunes. Unos objetivos fruto de la convivencia en un entorno especial, que muchos no hubiéramos logrado de no ser por la oportunidad que nos brindó nuestra Laboral de Córdoba.

Mi primer año lo pasé en el colegio Luis de Góngora con el P. Felipe Larrañeta de director, famoso por su habitual “sermón de la escalera”, y Fray Pampín, una especie de intendente al que siempre recurríamos para resolver las labores cotidianas. Creo, aunque no estoy muy seguro, que también coincidí durante un tiempo con el P. Erviti, filósofo muy apreciado. Pero de todos ellos, y de más educadores, hablaré en otro momento, ahora tocan… otras cosas.

 Patio central con el colegio Luis de Góngora al fondo a la derecha

Teníamos una obligación primera: los estudios. Estaba claro. A muchos kilómetros de distancia, nuevos compañeros y nueva vida, estudiar era lo más importante. El curso, complemento obligatorio para aquellos que veníamos de bachilleres “normales”, tenía un nombre “extraño”: Transformación Industrial  ¡¡Que nombre tan raro para un curso!!, decíamos. Algunas asignaturas ni las conocíamos: Cultura Industrial, Tecnología, Economía Industrial, Geografía Económica,… apenas algún nombre clásico, si acaso las Matemáticas. Ese fue el bautismo de fuego de un buen grupo de entre trece y quince años, dividido en dos clases TI1 y TI2, al que le esperaba una etapa cuando menos complicada. Un mundo nuevo de estudio dentro de otro, el de la convivencia, que también lo era y mucho más. Suerte que nuestros profesores y educadores nos lo hicieron más manejable. Fue un primer año difícil, pero sobre todo ilusionante.

El ritmo de estudio, el esfuerzo obligado, era fuerte, difícil seguirlo, no había más remedio que hincar los codos para salir adelante. Además, nos tocó practicar algo que desconocíamos: los Talleres; trabajos más “livianos” en los que había que demostrar nuestras habilidades en carpintería, electricidad, ajuste y hasta con los tornos mecánicos. ¡¡Quien no se acuerda de las colas de milano, los ajustes a lima, los circuitos eléctricos o cilindrar en torno¡¡ ¡¡Que buenos ratos pasamos!!

Talleres Generales

Lo mejor o lo peor en estos casos siempre ocurre al final, cuando se acaba el curso: las notas. Las esperábamos con ansiedad. En mi caso, los resultados no pudieron ser mejores; me propusieron realizar el Peritaje, algo que no todos alcanzaban y que en aquellos tiempos era como lograr un sueño. Y así fue. Próximo curso: Selectivo. Nuevo colegio, San Alberto, con el P. Carlos Alonso de director, más serio en apariencia pero igual de acogedor en la corta distancia. También con nuevos compañeros, no todos,  que venían de Formación Profesional y Bachiller Laboral Superior. Una buena mezcla.

El curso de Selectivo representaba el salto a la madurez. Menos asignaturas, las clásicas, las de siempre, con una dificultad añadida: las clases las recibíamos en la Uni pero nos examinaban como alumnos libres de la Escuela de Peritos de Córdoba. ¡¡Nos lo teníamos que jugar todo a una carta!!. Una nueva experiencia con buen final que puso proa a mi siguiente etapa en la Universidad Laboral de Tarragona. Pero antes de esta nueva singladura, unas pequeñas pinceladas de esos dos años en Córdoba; de anécdotas impregnadas del buen sabor, algunas personales y otras tan solo contadas. ¡¡Ahí va una pequeña muestra!!
Valentín Pérez Lubián era uno de nuestros profesores de Matemáticas. Alto, fuerte, bastante grueso, muy ancho de espaldas, habilidoso, la tiza en la mano derecha y el borrador en la izquierda era su pose natural en clase. A medida que su amplio cuerpo se desplazaba en la pizarra iba escribiendo las ecuaciones con letras y números muy pequeños. Era casi obligado tomar apuntes si luego querías recordar algo de lo explicado. A menudo, para ver si le entendíamos, al tiempo que escribía solía repetir la coletilla: ¿lo ven?, ¿lo ven? Pero… ¡¡apenas se veía nada: su cuerpo lo tapaba todo!!. Con voz acolchada y su acento andaluz sonaba parecido a: ¿lobón? ¿lobón?; de ahí a llamarle “Lobón” fue solo un paso. Por cierto, muy parecido a Lubián, su verdadero apellido.



Aula del colegio San Alberto



Otra anécdota de Pérez Lubián ocurrió durante la prueba de Didáctica que cada año tenían que pasar todos los profesores. Se seleccionaba un aula y allá que se iban a disertar sobre un tema en presencia del Rector (en aquellos años el P. Cándido Aniz) y los alumnos. En esta ocasión a Lubián le tocó hablar sobre los “Limites matemáticos” y una vez más empezó a escribir en la pizarra con su postura más clásica. Al finalizar una de las demostraciones se dirigió a un alumno con la siguiente pregunta: ¿de las tres opciones que he puesto cuál es la verdadera?, ¿la primera, la segunda o la tercera?, haciendo hincapié, eso sí, en cada una de las alternativas. El alumno, que no había podido ver nada, ni corto ni perezoso, no muy preocupado por cierto, mirando a sus compañeros, también al Rector por si acaso, y por último al profesor, se levanta, hace como que piensa un momento, y responde con gran seguridad: la tercera, profesor. ¡¡Estupendo, lo has entendido muy bien, muchacho!! exclamó Lubián, un tanto reconfortado y sobre todo aliviado. La carcajada de todos se pudo oír hasta en los campos de deporte. Lo que nunca se pudo saber es si la respuesta era la correcta porque nadie o muy pocos pudieron ver si… correspondía con lo escrito en la pizarra.

En Matemáticas también nos dio clase Francisco Sanz de Lara. Persona metódica, comenzaba escribiendo en lo alto de la pizarra, estirándose bastante pues era más bien bajo de estatura, para acabar al final de la clase agachado en la esquina opuesta. Pero daba gusto, era muy fácil seguirle y tomar apuntes, siempre quedaba muy ordenada su explicación en clase. Un gran profesor que tenía otra gran virtud: cumplimentar todo el cuestionario previsto al final de cada curso. Un gran organizador y un expositor nato. Solía decir que había que desterrar dos mitos: “Uno, que las suegras son malas, y otro, que las matemáticas son difíciles”. Le entusiasmaba su asignatura y sobre todo enseñar, obligando a pensar siempre desde el raciocinio. Fumador empedernido, su forma de aspirar el humo y luego tardar en soltarlo denotaba una placidez extrema.

Profesores de aquellos años, aparte de Sanz de Lara y Lubián, fueron entre otros: Manuel Sevilla (Cultura Industrial), Boyero (Dibujo Industrial), Enrique Pozón (Contabilidad y Economía Industrial), Carlos Peñuelas (Tecnología), Mariano Rosas (Prácticas de Laboratorio), Mira Pastor y Tomás Moyano (Química),…


Visita del ministro Solís. A la izquierda, Francisco Sanz de Lara, profesor de Matemáticas. También están Enrique Pozón, profesor de Economía y Contabilidad, el rector P. Cándido Aniz y el vicerrector P. Alberto Riera


Si las clases eran importantes también lo era el estudio. Lo hacíamos en grupo en el propio aula durante los descansos entre clases, o en un estudio general a horas muy específicas. En este último caso, el responsable de mantener el orden era un padre dominico, mientras que en el aula solía ser un compañero, eso sí con un dominico paseando por los pasillos que controlaba varias clases a la vez para que nada se desmandase. Mantener el orden con métodos de autogestión es difícil, por eso era el director del colegio quien elegía a cada alumno responsable de su clase. Unas veces acertaba y otras no tanto. Había situaciones que comprometían mucho más al vigilante que al vigilado, y aquel, como “buen compañero”, en ocasiones no tenía “más remedio” que hacer la vista gorda. Y eso ocurría cuando los adictos al tabaco buscaban el menor resquicio para fumar un cigarrillo a escondidas. En la parte trasera del aula había un armario muy espacioso que enseguida se convirtió en el lugar ideal para saltarse la vigilancia; cómodo, tranquilo, era también un buen sitio para la cháchara. Solo que donde hay confianza… se va bajando la guardia. Un día que se formó una pequeña algarabía asomó el dominico para ver que pasaba, con tan mala suerte que empezó a oler a tabaco, y siguió oliendo y oliendo, hasta que terminó en el armario. Pronto se dio cuenta de que allí había algo y… “se armó la marimorena”, la bronca fue impresionante. Llegó hasta el lucero del alba y por supuesto con la pérdida de mando del responsable nombrado. En fin, de este tipo hay muchas más. No es fácil mantener el equilibrio entre la ética y la estética, y aún más controlar a tus propios compañeros sin perder la autoridad que te tienen confiada.


Al fondo se pueden ver los armarios donde algunos aprovechaban para fumarse un cigarrillo en los descansos entre clase y clase


Entre nosotros, como es lógico, siempre había chascarrillos, hasta algún profesor participaba en ellos. Lo de menos eran los motivos, lo que importaba era el buen ambiente y la intención, casi siempre sana. Uno de ellos tuvo como protagonista a un compañero que se apellidaba Real Imedio, familiar del dueño de la famosa fábrica “Pegamento Imedio”, uno de cuyos eslogan era: “si se rompe la cabeza, no importa; el remedio: Pegamento Imedio”. Pues bien, sucedió en clase de Matemáticas. El profesor, que tenía por costumbre dar las notas con números fraccionarios, comenzó un día a leer en voz alta los resultados del último examen y al llegar al susodicho, con mucha claridad, algo de mala leche, y siguiendo el eslogan referido, entonó con muy buena voz: “Real Imedio, su nota como otras veces ha sido de un cuatro y medio”.

De vez en cuando se producían acontecimientos externos que esperábamos con ansiedad, nos revolucionaban un poco. Esta vez, en especial para los asturianos, fue un partido de futbol Córdoba-Real Oviedo que, aunque disputado en el estadio El Arcángel, tuvo su incidencia en la Uni. Aquel año el Real Oviedo realizó la mejor campaña en 1ª División de su historia y despertaba un gran interés. Con estupendos jugadores como Paquito y Sánchez Lage (al año siguiente se los llevó el Valencia), y José María (fino extremo izquierdo que luego jugó en el Español), los tres más tarde internacionales, tenía como entrenador a Juanito Ochoa, muy conocido también. Muchos asturianos estábamos pendientes de aquel encuentro, pero también de la visita que su entrenador, a quien se le atribuía gran parte del mérito, iba a hacer a la Universidad para dar una conferencia. Algo no muy usual en aquellos años y más tratándose de un deporte como el futbol. Corría el mes de enero del año 1963 y allí estuvo toda una tarde disertando. Un éxito de asistencia. Por desgracia, más tarde no ocurrió lo mismo en el campo donde el Real Oviedo perdió 4-0, y es que el Córdoba de los Mingorance, Navarro y compañía eran un buen equipo y además muy arropado. Nos dieron un buen repaso. Ese día bastantes asturianos de la Uni, con compañeros de otras regiones que también se apuntaron, estuvieron en el campo animando a su equipo del alma. En la foto de abajo se puede ver al correoso grupo, pancarta en ristre, posando en las escaleras del colegio San Alberto. Por alguna razón que no recuerdo algunos, entre los que me encuentro, no pudimos salir inmortalizados ese día. Una pena porque la ilusión era máxima.



Grupo de asturianos en las escaleras del colegio San Alberto antes de partir a presenciar el partido de futbol Córdoba-Real Oviedo hacia el estadio de El Arcángel



El colegio Luis de Góngora estaba en una esquina del ala oeste y tenía unos cuantos “privilegios”, o a mi me lo parecían, con respecto al resto. También el San Alberto. Unas zonas de paseo estupendas, las mejores, sobre todo con el buen tiempo que en Córdoba lo hay y mucho, las instalaciones deportivas: piscinas, campos de futbol, pistas de atletismo,… justo al lado, todo en nuestro alcance más próximo. En las horas libres, después de las comidas, a las salidas de clase, o antes y después de las horas de estudio, era muy frecuente caminar y disfrutar por sus andurriales. Aunque había quienes preferían estar más cerca, en los lugares a los que todos íbamos a parar cuando se acercaba la hora del regreso: la puerta de entrada al colegio con sus escalones “ad hoc” y sus zonas de esparcimiento, con la megafonía cerca y la música sonando, eran de lo más solicitado. Llegar tarde después de algún aviso no era recomendable, y cuanto más cerca… mejor. Por eso, esa zona estaba casi siempre ocupada. Cuando uno tenía pocas ganas de caminar se quedaba justo a la entrada y desde allí podía ver con claridad, a lo lejos, la retahila de gente que poblaba los paseos. Era el sitio ideal para apurar los últimos minutos libres. La quietud, las conversaciones en voz queda, la música, la buena música, acompañaban; solo se rompía el encanto cuando el altavoz “chirriaba” con alguna información, pero pronto la apatía se volvía a fundir a la perfección con el resto. 


Paseo en la parte trasera de los colegios


En algún lugar de nuestro cerebro se asocian con facilidad recuerdos de nuestra vida en la Uni con la música que se escuchaba: ¡¡la música de los 60, la década prodigiosa!!. Nuestros propios compañeros seleccionaban las canciones que triunfaban. Se oían por todas partes. Había altavoces en las habitaciones, en los pasillos, en los recibidores, en las salas de estudio,… También servían para llamarnos, darnos órdenes, avisos, consejos,… Era un ir y venir continuo.

La música comenzaba muy temprano, para despertarnos, aunque a veces, entremedias, se oía una voz que decía: “rápido, todos arriba, levántense…”. En los ratos libres sonaba a casi todas horas, una maravilla, la nueva revolución musical, una mezcla de pop, rock, orquestas, coros, guitarras y baterías dominaban por doquier. ¡¡Todo empezaba a cambiar!!. Eran los tiempos de Elvis Presley (El rock de la cárcel, Love me tender), The Beatles (She loves you, Please please me), Domenico Modugno (Volare), Cliff Richard (The young ones), The Shadows (Apache), The Everly Brothers (Bye bye love),Dúo Dinámico (Quince años tiene mi amor, Perdóname), The Animals (La casa del sol naciente), The Beach Boys (Surfin’ USA), Bob Dylan (Blowin’ in the wind), Los Mustang (Quinientas millas), Ray Charles (What I´say), Roy Orbison (Oh Pretty Woman), Paul Anka (Adán y Eva), The Blue Diamonds (Ramona), Los Pekenikes (Los cuatro muleros), Little Richard (Tutti frutti), Neil Sadaka (Oh Carol), The Rolling Stones (Satisfaction), Los Brincos (Flamenco), y tantas canciones más. Día tras día marcaba una jornada nueva, la hora de saltar de la cama, los descansos, para acabar en la noche cayendo otra vez en los sueños de Morfeo.
Muchas fueron las lecciones que aprendimos, no solo las obligadas. La disciplina, en su sentido más claro, el deporte, una parte importante de nuestra formación, los hábitos de estudio, muy bien reglados, las actividades culturales, el cine, el teatro, y muchas más, que tanto contribuyeron a moldear nuestro futuro. Y por encima de todo, el espíritu de colaboración y el compañerismo, sin olvidar la ayuda desinteresada de nuestros profesores y educadores. En general, somos unas generaciones agradecidas a la formación recibida en las Universidades Laborales, al menos las que yo conocí, y sobre todo a nuestra identificación con el grupo y la convivencia. Hemos sabido más tarde que todos aprendimos de todos, hemos comprobado que tenemos algo y bueno en común. Hemos compartido tiempo y vivencias de una etapa educativa llena de sensaciones y realidades que resisten el paso del tiempo.

martes, 27 de septiembre de 2011

Universidad Laboral Tarragona: Profesores y anécdotas

En la lejanía del tiempo solo quedan pinceladas de los recuerdos que cada vez que se evocan salen más y más reforzados. Se vuelven más intensos y ayudan a nuestra memoria a soltar lastre de aquello que tiene retenido con ganas de vivirlo de nuevo. Recuerdos grabados a fuego que solo necesitan de un pequeño empujón para salir a la luz.

En esa línea fluyeron, casi sin querer, las semblanzas de mi post anterior dedicado a la Uni de Tarragona. Estoy seguro que ahora al hablar de nuestros profesores pasará lo mismo, anécdotas incluidas. Unas vividas en primera persona, otras también pero recordadas por algún compañero, y unas pocas, las menos, ajenas y contadas por terceros, pero todas con un nexo común: fueron muy disfrutadas.


Vista aérea de La Universidad Laboral de Tarragona. Distribución de los Colegios

En tres años de convivencia son muchas las horas de estudio, muchas las asignaturas y muchos los profesores que estuvieron con nosotros. Ha pasado demasiado tiempo para recordarlo todo. La convivencia en las clases era muy normal, como no podría ser de otra manera, hasta repetitiva, muy sencilla, pero a veces se rompía la monotonía y se provocaban situaciones, unas cómicas, otras no tanto, con las que aún sonreímos desde la distancia.

¡¡Son tantos los buenos ratos pasados en aquellas aulas¡¡ . Situadas en los bajos de nuestro propio Colegio, el Jaime Balmes, eran nuestro centro de operaciones, con ligeras incursiones al recinto intercolegios, al lado de los campos de deportes, un conjunto independiente como ¡¡chalets adosados¡¡. ¿O fue a la inversa? ¿O al unísono? Que más da, a cada promoción le tocaba la distribución de sus clases de manera diferente pero todos pasábamos por el mismo aro. Hace poco me recordaba un gran amigo de esos años como estábamos colocados en aquellos pupitres llenos de historia, nuestra historia, que si pudieran hablar ……. Y empezaba a enumerar como si tal cosa: Calleja (“Pano”) y García-Casarrubios, sentados en la última fila al lado del pasillo, Ribera (“El Llaga) y Cabrera (“El Comodín”), delante, y Ardanuy (“El Farras”) y Ortega, más cerca de la primera línea. Al otro lado, y también atrás, estaban Pujalte y Matías, delante Izquierdo y Hernández, y ya casi viendo al profesor Dositeo y Palacios. Y así seguía como si nada. ¡¡Que memoria¡¡

En las aulas del Balmes “metimos” muchas horas. Sus amplios ventanales nos permitían ver la extensa calle que pasaba por detrás del colegio, mientras que en el pasillo unas grandes cristaleras asomaban al jardín interior donde tanto paseamos. ¡¡Que clase¡¡ y ¡¡Que clases¡¡ ¡¡Ay, si los pupitres hablaran¡¡ Pero mejor hacelo de nuestros profesores que es de lo que se trata.


Jardines interiores del Colegio Jaime Balmes. Al fondo, tras las cristaleras y el pasillo, las aulas de estudio

Recuerdo como si estuviera allí ahora mismo a Gonzalo Ferreró, “El Twist”. Nos daba clases de Matemáticas y también de Estadística. Ese apodo se lo pusimos por su forma de andar, muy “suya”, con contorsiones a cada paso, parecía ir bailando el twist, baile de moda, junto con el rock, de aquellos nuestros viejos tiempos. Aunque como ya dije en mi primer post, el baile que más éxito tuvo entre nosotros, por lo mucho que practicamos en los dormitorios, fue la yenka: “….1,2,3, izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, hacia atrás, 1,2, 3…”. Ferreró tenía un bigote a lo cepillo, una cabeza muy redonda y un pelo que alisaba con la mano cada poco porque le traía loco. Siempre estaba dando saltos y pequeños meneos, se movía sin parar. ¡¡Era el Twist¡¡. Tenía su lado simpático, y le gustaba mucho repetir una frase que enseguida se hizo famosa entre nosotros: “Oye, oye, Yeti, ¿a ti por qué te llaman Sala?” Fue protagonista de una curiosa anécdota, por no llamarlo de otra manera, cuando tuvo la “genial” idea de poner un examen trimestral el mismo día de Nochebuena, con lo que la mayoría de afectados, y más los de provincias lejanas, no podrían llegar a tiempo para cenar ese día con sus familias. Se montó una buena, incluso se pidió al Rector el cambio de fecha, pero ni por esas. El “Twist”, ni corto ni perezoso, se presentó, repartió el examen con las preguntas y problemas, y se quedó esperando. De pronto, como ya habían acordado antes, se encontró con que todos sus alumnos se cruzaban de brazos y, sin mover un solo músculo, le miraban fijamente. Fueron tan duras las miradas que salió a toda prisa corriendo y gritando: “¡¡¡esto es un conato!!!, ¡¡¡esto es un conato!!! Y así llegó hasta la oficina del Director del Colegio. Se armó un lío tan grande que al final dejaron marchar a todos de vacaciones. La desbandada fue completa y muchos no tuvieron más remedio que hacer autostop para llegar a sus casas. A aquellas horas y en esas fechas la posibilidad de trenes u otros medios no era fácil, más de uno lo pasó muy mal porque veía que no llegaría a tiempo. Por fortuna nuestra clase no estaba metida en el ajo y apenas nos enteramos del “follón”.


Victoriano Martín Urquizu, profesor de Higiene y Seguridad en el Trabajo. El año 1978 fue elegido Rector. Fotograma extraído de una cinta de vídeo.

Electrotecnia era una asignatura importante en nuestra carrera. Menos mal que José Juancomartí, con su experiencia en Talleres, puso mucho de su parte para hacer menos complicados los tomos de Morillo y Farfán, muy completos, un poco farragosos de explicar, pero no muy atractivos para el estudio. Su buen carácter y mejor hacer, sus apuntes sencillos sobre el diagrama del transformador y otros temas complicados, sus tablas y fórmulas para los ejercicios prácticos, hacían mucho más amenas las clases.

El comandante Eguía, con su uniforme inmaculado, voz grave, serio, sin mover un músculo, y sus frases de ingenio para cualquier situación, hacían del Inglés todo un divertimento. Como no acordarse de “Mr. Green, Mr. Brown and Tommy“, los personajes del “Mangold”, nuestro texto que nunca terminamos. Por nuestra poca atención y peor pronunciación siempre repetía la lección más de una vez. Su frase preferida en estos casos, y lo hacía de continuo, era “Borricot elevado al pozal”. Y eso que eran los primeros años en que las “suecas” empezaban a “animar” Salou, no muy lejano en nuestros paseos por la playa y donde los conocimientos de inglés eran muy apreciados. ¡¡Pero ni por esas¡¡ ¡¡Íbamos buscando “pescado” y nunca pasamos de un buen baño¡¡. A los que tardaban en contestar a sus preguntas les solía soltar una de sus puyas favoritas: “Te ha costado parir catorce meses como a las burras”. Menos mal que en los exámenes se hacía el despistado y el copiar era muy fácil. Algunos copiaban tan mal, que: ¡¡hasta se equivocaban de lección en lo que había preguntado¡¡


El Sr. Ros, profesor de Mecánica

“El Tormo” o el Sr. Ros, dos nombres para un mismo personaje, era nuestro profesor de Mecánica. Le conocíamos más por el nombre del autor del libro que por el suyo propio. Muy buena persona, químico, regordete y con bigote, explicaba lo que hiciera falta. Sus clases era una democracia avanzada y bien que nos aprovechábamos. Valía casi todo. Como cuando un “cachondo”, no se puede llamar de otra manera, expuso el “teorema del punto gordo”. Para los que no lo recuerden era aquel que decía: “Si por un punto pequeño pasan infinitas rectas, por uno gordo pasan muchas más”. Lo acogió, sin más, con una sonrisa. ¡¡Así era “El Tormo”¡¡.

También teníamos algunas asignaturas “rollo” pero no había más remedio que estudiarlas. Como aquella de Derecho del Trabajo que daba Fernando Urzaiz (+), con su puro, su cara de bonachón, un poco grueso, y siempre con la sonrisa puesta. Muy apreciado por todos, procuraba hacernos lo más agradable posible todo lo relacionado con artículos y leyes. Figura reconocida en todo lo relacionado con el derecho laboral le fue concedida años más tarde la Orden Civil de Alfonso X el Sabio.

Una personalidad notable que también tenía una asignatura que se las traía, Higiene y Seguridad en el Trabajo, era Victoriano Martín Urquizu. Con su gran bigote negro, siempre parlanchín, presumía con razón de ser una persona hecha a si misma. Con él aprendimos la etimología de las enfermedades del trabajo, sobre todo las que acababan en “sis” como la carbonosis, la silicosis, la estomatitis, …aunque también había otras que no cumplían la regla, como la astenia, y nos costaban bastante más, salvo excepciones. Aún le recuerdo asistiendo a la fiesta que todos los años celebrábamos los asturianos con motivo del día de Covadonga, “La Santina”, donde siempre era uno de los grandes animadores. Extrovertido, su carácter contagiaba. Más tarde, le nombraron Rector en las primeras elecciones democráticas celebradas en el año 1978.


Fernando Urzaiz, profesor de Derecho. Fotograma extraído de una cinta de vídeo.

¡¡Que fácil nos hizo Castro la Geometría Descriptiva¡¡. Solo a algunos, porque no todos pensaban lo mismo, y no por el profesor. Una asignatura que muchos veían con gran prevención por su dificultad, pero que con sus apuntes, que nos dictaba, se veían las involuciones y otras formas geométricas de manera más sencilla. Serio, muy profesional, tenía su retranca aunque lo disimulase.

Palau , “El Baby”: ¡¡que personaje¡¡ Casi de nuestra edad nos explicaba la Hidráulica. Al principio lo pasó muy mal porque no le hacíamos mucho caso, pero enseguida cogió las riendas y se hizo respetar. Consiguió tener tan buena relación con el catedrático que nos tenía que hacer el examen oficial que la aprobamos muy fácil. Y eso que el “golpe de ariete” no siempre se nos dio bien. En el partido de futbol que celebramos en el campo del Nastic de Tarragona para festejar el Paso del Ecuador jugó de portero en nuestro equipo. ¡¡Siempre fue uno más de nosotros, sobre todo por la edad¡¡ Como le contó a más de uno, algún lío se montó con las demostraciones de sistemas de ecuaciones diferenciales. También confesó que había salido bien sus primeras experiencias con nosotros gracias a preparar a tope por las noches las clases del día siguiente. ¡¡Los comienzos son difíciles, pero tienen solución si uno se lo propone¡¡ Y ese fue su caso y nosotros encantados.

Que decir de la Electrónica. Tuvimos la gran suerte de contar con un pequeño gran genio: José Valls Miró. Un profesor muy joven que en aquel aula especial, de pendiente pronunciada, nos dio muchas lecciones magistrales. Casualidad o no, era el mismo aula que Geometría Descriptiva y los dos profesores se parecían en una cosa: ¡¡Hacían muy fácil explicar lo difícil¡¡ Aquellos sencillos apuntes elaborados por ellos mismos tuvieron mucho que ver.


Fernando Martinez-Bretón, a la izquierda, profesor de Materiales. Más tarde fue nombrado Rector. Está acompañado de Raimundo Lozano, Educador, a la derecha, y dos compañeros de promoción. Fotograma extraído de una cinta de vídeo.

Otro de nuestros profesores fue Fernando Martínez-Bretón, con bigote (en aquella época era muy frecuente), calvo y de frente “despejada”. Resistencia de Materiales su asignatura. Como no recordarle “machacando” en cada exposición el diagrama hierro-carbono, muy interesante y algo trabajoso de entender. En el año 1967, cuando ya nos habíamos ido en busca de nuestro futuro, fue nombrado también Rector. Y así siguió hasta el año 1977.

Como no quiero extenderme mucho más, porque espero hacer una segunda entrega, voy a citar solo de pasada a algunos profesores más; unos nos dieron clase a todos, otros solo a un aula y no a las dos, B1 y B2, que formábamos el curso, y otros, como en Música, solo a unos pocos, aquellos que pertenecían a las agrupaciones corales. De todos conocíamos sus andanzas o nos las habían contado, así que como un pequeño avance demos algún detalle.

En Dibujo estaba Fernando Boiset, simpático y con dotes de artista. Un excelente pintor, quizás por su paso por Bellas Artes. También David Corbella, más técnico, que ejercía con maestría, seguro que por sus orígenes. Con ellos mejoramos nuestra “técnica” para no emborronar con tinta china el papel, afilar el tiralíneas, buscarle una mejor posición, y sobre todo, lo más importante, aprendimos la base del dibujo industrial. También estaba LaureanoFernández Mesa, al que alguien le puso “La Foca”, y sus clases de Formación del Espíritu Nacional. Una anécdota muy sabrosa ocurrió cuando durante una batalla dialéctica con un compañero, éste le dijo “… si José Antonio levantara la cabeza les fusilaba a todos ustedes…”. Menos mal que la cosa no fue a más. ¡¡Eran otros años y otras ideas¡¡. Mencionar por último a Raúl Font. Le recuerdo bien, alto y delgado, aunque no con claridad su asignatura, era técnica, quizás Electricidad.


Vista exterior de los Talleres con sus clásicas naves en diente de sierra

Una parte de nuestra formación práctica la hacíamos en los Talleres, nombre que puede sonar rimbombante pero que una vez vistos eran lo más parecido a una fábrica. Estaban en unas grandes naves, independientes, de techos muy altos, en diente de sierra, con sus cristaleras y grandes lucernarios, diáfanos, para permitir el paso de la luz solar. Llenos de maquinaria y otros accesorios, cada uno se movía en ellos según su especialidad. Tenían un gran pasillo, elevado sobre el suelo en forma de balcón, a todo lo largo, que servía para “otear” el horizonte y ver quien trabajaba y quien no. También para las visitas. Muchos circuitos y portalámparas se montaron en sus tableros de aglomerado con aquel cable de algodón y pequeños aisladores de porcelana. ¡¡Cuantos circuitos de conmutación vieron la luz, y nunca mejor dicho¡¡ Eran los dominios de Juancomarti, Butet, un verdadero sabio, muy serio menos con sus alumnos que sabía como tratarlos, y algunos más. Se hacía de todo: radio, TV, voltímetros, máquinas de soldar, células solares, circuitos, ….. ¡¡Una gran fábrica¡¡

Una pequeña mención para aquellos profesores de actividades lúdicas, como la Música. Tenían sus clases en las aulas especiales del recinto central, feudo de José Antonio Calvo, pequeño, inquieto, haciendo siempre muecas y extraños movimientos de cabeza, pero que tocaba el piano divinamente; y sobre todo del entrañable Francisco Tous, con su “hosti, hosti, hosti”, simpático, un poco pícaro, lleno de sensibilidad artística, músico hasta la médula y alma mater del Ochote.


Eduardo Tous, profesor de Música, en una de sus actuaciones con el Ochote

Un recuerdo también para los profesores de Religión. Unos nos dieron clase y otros no, pero a los que veíamos a menudo en los largos paseos fuera de nuestras horas de clase. A los padres Merino, Virgili, Sampere y Laco, algunos de ellos muy activos en nuestras fiestas del Paso del Ecuador.

Dejo para el final a una parte muy importante en nuestra convivencia diaria: los Educadores. A diferencia del resto de las Universidades Laborales, en aquellos años la de Tarragona estaba gestionada por seglares. Convivían con nosotros durante gran parte del día y algunos tenían su residencia en el mismo colegio.

Virginio Olivares , más conocido por “El Adonis” o “El Guapo”, era el responsable del aula B1. Vestía con elegancia, siempre moreno, con su voz de actor de teatro. Persona cercana en las distancias cortas, casi siempre exigía una actitud de respeto que lo solía alejar un poco. Muy integrado en las actividades extraescolares, destacaba sobre todo en la organización de representaciones teatrales en las que solía ejercer de director de escena. Fue uno de los impulsores del TEU de Tarragona integrado en su mayoría por el cuadro artístico de nuestro Colegio Jaime Balmes. Dirigió obras como “Proceso a Jesús”, “El divino impaciente”, “En la red” y muchas otras. Era también un buen poeta y llegó a publicar varios libros años más tarde.


3ª Promoción de Peritos Industriales Eléctricos. Aula B2
José Rodríguez, “Pepe”
, fue el educador del aula B2 en los últimos años. Muy

joven, casi de nuestra edad, enseguida se integró con todos. Vivía en nuestro propio Colegio e impulsó muchas de sus actividades. Su habitación siempre estaba concurrida, a veces con veladas algo “sonoras” y otras no tanto. Hasta hace poco tiempo fue el alcalde de La Carolina (Jaén), cargo en el que estuvo bastantes años. Raimundo Lozano (+), fue otro gran educador, muy buena persona y gran amigo de muchos de sus alumnos una vez que acabaron los estudios. Estuvo en las fiestas del Paso del Ecuador recordando los tiempos de su convivencia y apoyo.
Antes de terminar, un recuerdo final para el Rector de aquellos primeros años: Alejandro Sanvisens Marfull (+), del que luego me enteré tuvo dificultades al marcharse de la Universidad. Sin embargo, por fortuna al poco tiempo retomó su carrera fulgurante llegando a ser Decano de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de Barcelona y uno los pensadores más reconocido en temas educativos.


Fiestas del Paso del Ecuador. En primer plano, con abrigo de espigas, Alejandro Sanvisens, Rector de la Universidad aquellos años. Detrás, Raimundo Lozano, y un poco más atrás, también con abrigo, Pepe Rodríguez, ambos Educadores.

Aquí termina esta pequeña semblanza de unos profesores y educadores que en gran medida ayudaron a forjar nuestro carácter. Hace algunos años, casi todos los que formamos parte de aquella 3ª Promoción de Peritos Industriales Eléctricos, y bastantes de nuestros profesores y educadores, nos vimos de nuevo en nuestra querida Universidad Laboral con motivo de la celebración de nuestras Bodas de Plata. ¡¡Que bueno resultó comprobar que la ilusión por aquellos viejos tiempos no había desaparecido. Se mantenía intacta¡¡

Ya finalizada la carrera, algunos compañeros, muy pocos, nos volvimos a encontrar en Alcalá de Henares y en Madrid, donde nos habían destinado para proseguir los estudios de Ingeniero Industrial. Pero eso forma parte de otra historia.

lunes, 5 de septiembre de 2011

El viento Sur, el viento loco, la salud y el efecto Foehn


Los que vivimos cerca de la cordillera Cantábrica sabemos muy bien que el viento Sur es fuente de antiguas leyendas. Por algo se le conoce como el “viento loco”, el “viento de las brujas” o algún otro apelativo similar.

Quien no ha justificado a un amigo, jefe o compañero, incluso a si mismo, cuando en un día de viento Sur se desmadra en su comportamiento y reacciona de manera imprevisible hasta el punto de decir: ¡¡Hay que perdonarle porque hoy está con viento Sur¡¡. Atenuantes que muchas veces no resisten un “pase” pero que obligan a mirar para otro lado si no se quiere entrar en una trifulca. Un intento de abandonar la “pelea” y echarle la culpa al viento, a veces hasta cuando no “sopla”. Todo forma parte de las “suradas” o “locuras” de un momento.

Hay un hecho cierto: el viento puede alterar el estado de las personas, tanto físico como psíquico. Antes de explicarlo veamos primero en que consiste el llamado efecto Foehn, una forma de entender su naturaleza.

Sabido es que el aire siempre lleva vapor de agua en una cantidad que varía según el lugar; por ejemplo, en un desierto habrá muy poco mientras que en una zona costera habrá mucho. El fenómeno Foehn se produce cuando una masa de aire cálido y húmedo se encuentra con la ladera de una montaña y se ve obligado a subirla para salvar el obstáculo. Como la temperatura disminuye con la altura, ese vapor, al enfriarse a medida que asciende, se transforma en nubes que muchas veces precipitan en forma de lluvia. Es entonces cuando el viento, casi sin vapor de agua en lo alto de la cima, se convierte en un viento seco e inicia el descenso por la otra ladera provocando el fenómeno inverso. Debido al gran contraste climático, las nubes comienzan a deshacerse, el tiempo se despeja, el aire se calienta, la humedad es escasa y la temperatura aumenta a medida que lo hace la presión. En esto consiste el efecto o viento Foehn (nombre alemán tomado de un característico viento del norte de los Alpes), un viento seco, muy caliente, sin vapor de agua, que se mueve a velocidades muy altas y de forma brusca.


La mayoría de las veces no toda la humedad originada en la ladera de entrada se convierte en nubes y lluvia, sino que parte de esas nubes pasan al otro lado, se “desparraman”, y al llegar a cierta altura, cuando se supera la temperatura de rocío, terminan por desaparecer. Se puede observar como bordeando la cima, en todo lo alto, quedan un conjunto de nubes “estabilizadas” que contempladas desde la distancia se asemejan a un “sombrero” o “parapeto”. Es lo que se conoce como el “efecto barrera”.

En el caso de Cantabria, el efecto Foehn, bastante frecuente, sucede con el viento Sur. La masa de aire húmedo y templado procedente del Océano Atlántico choca con su cordillera y comienza a escalar alturas de más de 2.000 metros. El aire se va enfriando a medida que sube de nivel (se estima que el descenso de temperatura puede ser del orden de 0,6 ºC cada 100 m.) que acaban en nubes y lluvia antes de iniciar el descenso por el otro lado. En muchas ocasiones se puede observar con nitidez como estas nubes se detienen y descargan en parte su humedad en su descenso hacia la costa.

Efecto barrera en un día de viento Sur en la Sierra del Escudo de Cabuérniga (Cantabria)

Desde la antigüedad se sabe que determinados fenómenos atmosféricos afectan a la salud; en particular el viento, y de forma muy especial el efecto Foehn, uno de los fenómenos meteorológicos más interesantes de estudio por su relación con las patologías mentales. Ya en el siglo VI a.C., Hipócrates decía que “el viento Austro (Sur) entorpece los oídos, oscurece la vista, carga la cabeza y deja el cuerpo lánguido y perezoso”. Hoy en día, la mayoría de los científicos piensan que una gran parte de la población resulta afectada por los cambios bruscos de temperatura, humedad y presión atmosférica.

Desde 1975, la OMS (Organización Mundial de la Salud), viene estudiando el efecto de estos vientos en las personas. El científico canadiense Fred Soyka, en su trabajo de investigación “El efecto de los iones o como la electricidad del aire rige la vida y la salud”, publicado en 1977, decía que la gran cantidad de iones positivos del “viento loco” genera en una primera fase, euforia, ansiedad e hiperactividad, para a las pocas horas terminar en insomnio, agotamiento, dolores de cabeza, incluso depresión, favoreciendo la aparición de actitudes violentas y agresivas.

Se dice que el viento Sur saca “locos” a la calle, la gente se trastorna un poco, y muestra a menudo su parte violenta. Los nervios están “a flor de piel” y se “salta” al instante, a veces con más vehemencia y “mala leche” que de costumbre. Se discute, se rompen amistades, hasta el tranquilo se pone nervioso y el supuesto “moderado” acaba perdiendo los “papeles”.

Estas situaciones son más frecuentes en otoño e invierno cuando se suelen registrar temperaturas anormalmente altas, llegando a alcanzar hasta 30 °C en cuestión de horas. El llamado “viento loco” o “viento de las brujas” aparece en todo el mundo: es el Siroco, en Italia, Mistral, en Francia, Puelche, en Chile, Sahara, en Arabia e Israel, Santa Ana en California, Fíen en Alemania, Chinook, en Canadá, “Viento Norte” o Zonda, en Argentina.

Existen multitud de anécdotas y situaciones curiosas acerca del viento Sur y sus efectos. Por citar algunas, unas de tiempos pasados y otras más actuales, unas ciertas y otras leyendas urbanas, recordar como en la Biblia se justifica el vil comportamiento del rey Salomón por el azote del “Hamsin”, que en árabe significa “viento venenoso”, un viento bochornoso cargado de arena; o en Suiza donde existen delitos que se ven atenuados si se producen durante el efecto Foehn; y algo más estrambótico, y seguro que leyenda urbana, cuando hace tiempo se solía achacar que el Atlétic de Bilbao siempre que jugaba en San Mamés con viento sur perdía o lo hacía muy mal. Luego hubo una época en que siguió pasando lo mismo y poco importaba el viento que hacía.

Entre las anécdotas más conocidas, no se puede llamar de otra manera, figura aquella en la que el viento Sur, a veces impredecible, servía también como excusa para desviar la atención de cosas más importantes. Son muy conocidas las “peroratas” de Miguel Ángel Revilla, expresidentes de la Comunidad Autónoma de Cantabria, ahora en la oposición, personaje popular, poco proclive a las tareas de gobierno, en las que arremetía contra los meteorólogos y sus predicciones. Cada vez que se acercaba un largo “puente” de vacaciones tenía la costumbre de proclamar a los cuatro vientos, nunca mejor dicho, las bondades del viento Sur, explicando de forma muy simplista, por otra parte muy normal en su caso, como cuando se acerca un frente atlántico con viento sur, las probabilidades de lluvia en la costa de Cantabria son mínimas a pesar de lo que digan los “expertos”. En este caso solía llevar razón, y todo por el efecto FOIN.

El viento Sur, conocido también como el “viento pirómano” por su capacidad para propagar incendios, fue el causante, en 1941, del mayor incendio habido en la ciudad de Santander que quedó arrasada en gran parte. También está en el origen de graves inundaciones por su facilidad para derretir la nieve, ocasionando imponentes riadas e inundaciones. De ahí su nombre de “comedor de nieve”, que hace que la lluvia a su lado se convierta en un efecto minúsculo.

A pesar de todo, el viento Sur también ha sido objeto de homenajes, como el ofrecido por el poeta Gerardo Diego, nacido en Santander, quien un poema homónimo, en el que pasa por alto sus connotaciones maléficas, dice:

No existe el aire ya. Las lejanías
están aquí al alcance de la mano.
Evidente es el mundo y tan cercana.
He aquí la densidad que apetecías.
La luz se cierne en mineralogías
tan de ardiente osatura y primer plano,
que me brota este grito sobrehumano:
Gloria al bramar de las montañas mías.
Es el viento que encrespa sus bisontes,
que en bravo alarde de torsión y ultraje
lomos restalla de olas y de montes.
El viento que me empapa de paisaje.
Sur, viento sur, enrólame en tu viaje
y ráptame en tus brazos de horizontes.

Es una pena que la sabiduría popular transmitida de boca en boca a lo largo de siglos se vaya perdiendo, y con ella nuestro conocimiento práctico de la meteorología. ¿Quién conoce hoy algo de vientos y su dirección sin mirar a la veleta? Muy pocos, y cada vez menos. Vivimos bajo una información del tiempo continua pero el conocimiento práctico de la atmósfera se está escapando. Cada vez son menos los que distinguen el nombre del viento que sopla y aún menos los que pueden confirmar la famosa frase: ¡¡mañana va a hacer un día espléndido porque …. lo ha dicho el pastor¡¡

Por fortuna, no a todo el mundo le afecta el viento Sur, ni tampoco en la misma medida a los que sí tienen problemas. Si viene la “surada”, por favor, que el posible involucrado cierre las ventanas, que eso si que nos afecta a todos.